UNA MIRADA A LA VIDA COTIDIANA DE LA MUJER CUBANA
Tal
vez resulte algo extensa, pero este escrito es el resultado de una
entrevista a una trabajadora del Hospital Paquiatrico de La Habana, mas
conocido por Mazorra, es una lectura interesante aunque algo grotesca,
pero es la realidad que ahi se vive narrada por alguien que esta inmersa
en ella cotidianamente.
aun no logro fotos de los pabellones, estoy trabajando en ello, la fuente teme por su integtidad, es comprensible
Katiuska
escucha ensimismada el sonido de las olas a la vez que le hace
compañía el sonido incomodo de su estómago, tiene hambre y
recuerda a su madre, Vilma Eva, gritándole unos 5 años atrás que
entraran y se alejaran del balcón que se podía desplomar en
cualquier momento,
-¡pobre
mama!- y la frase se le escapo como un lamento más allá de lo que
se podría esperar por su juvenil edad.
Ahora
vivimos en un albergue, el balcón finalmente término por caerse si,
llevándose consigo medio apartamento, en un albergue espantando
cucarachas para poder dormir, en nuestro pequeño cubículo en una
colchoneta mal oliente sobre el piso de cemento, lo bueno es que ya
no nos caeremos del balcón, una preocupación menos para mi madre y
mi abuela.
Ahora
los pensamientos de Katiuska reposan en su mamá, y recuerda como no
quiso levantarse hoy, porque no soporta ver cada mañana nuestras
caras de infelicidad y desgano, aun así, es quien nos alienta y
pide que marquemos la diferencia. Mama no entiende cómo siendo tan
jóvenes tenemos tanto cansancio de la vida y entonces se queda ahí
recostada y ausente, sufriendo, pero muy en silencio, porque no
quiere que nos demos cuenta que no puede más con sus pies, que ya a
los cuarenta y tantos años pasa horas de pie en esas guardias, en
ese hospital endemoniado, para podernos dar todos los días almenos
cinco o diez pesos “para que merendemos algo”.
Vilma
Eva es otra que no para de pensar, recordando cómo los años pasaban
mientras ella planchaba uniformes escolares, pañoletas azules y
luego rojas y como miraba el cielo encapotado de la Habana y rezaba
para que ese balcón no se les fuera a caer. Aún no sabe bien como
término siendo custodio en el Hospital Psiquiátrico de La Habana ,
siempre con su java y el pote plástico con algo de comida y un termo
de un líquido caliente y terroso que algunos llaman café de bodega,
sentada en su garita que apenas la resguarda del sol y las lluvias
del verano, un teléfono metido dentro de una caja de madera con
candado que solo permite recibir llamadas o hacerlas con el permiso
del Administrador, pasando las horas sobre esa silla de hierro que
maltrata sus carnes y una fiel y vieja perra echada a sus pies, ¡una
perra vida también!
Vilma
Eva recuerda la década de los 90, los años del llamado ´´periodo
especial´´,
-¿por
Dios quien habrá sido el cínico caprichoso que le nombro así?-
Y
le vienen a la mente y al alma cual lamento las privaciones y
vergüenzas de esos días, como con cada periodo menstrual tenía que
andar enrollándose retazos de tela, pedazos de cualquier trapo o
ropa vieja, para luego hervirlas en una cazuela de agua con sal en la
misma cocina de queroseno en que se ablandaban los chicharros y las
coles, los´´bistec´´ de cascos de toronja y las croquetas de
averigua, pues con la caída del muro de Berlín se vino abajo el
sueño cubano de la abundancia comunista y ni almohadillas sanitarias
o jabón se podían conseguir. -¡qué vergüenza, tanto sacrificio
para que una recua de vejetes caprichosos terminaran convirtiendo al
país en un potrero!-
Vilma
Eva piensa en el futuro de sus hijas mientras se frota el vientre, y
mira a la vieja perra echada a sus pies y llora, llora amargamente
por sus lindas gemelas y ese mísero salario con el que no las logra
calzar ni vestir adecuadamente, que alcanza a duras penas para darles
de comer, mucho menos proveerles de una vivienda digna, y se frota
muy fuerte el vientre para sentirse viva y recordar que aún debe de
ser fuerte para poder encaminar a sus hijas.
El
sonido del minutero marcando la marcha del tiempo de su viejo reloj
despertador soviético le trae de vuelta a la realidad, esta pieza
casi de museo es lo único tangible que le queda de su esposo, que
deserto de la Alemania Oriental cuando estaba terminando su maestría,
en un descuido de la seguridad durante las vacaciones de invierno
pidió asilo político en la embajada Checoslovaca en la “hermana”
R.D.A.
Hoy
ya estaba a punto de terminar su turno de guardia y debía correr a
la farmacia, hoy era día de entrada de medicamentos y bastarían
unas pocas horas para que se terminaran como por arte de magia. Su
madre María Libertad tiene una asignación mensual por tarjeta, de
pastillas para la desesperación, digo para la hipertensión.
Si,
Vilma Eva piensa, hilvana las memorias de los azares de su existencia
mientras da algo de cariño a esa compañera fiel de noches de
desvelo y días de tedio, si, es lo más que hace en su guardia,
mientras acaricia a esa vieja perra de pelaje áspero y aspecto
jíbaro piensa, mientras sigue soportando la desolación de esa vida
de perros que lleva lo mejor que puede.
Entonces
recuerda aquella ocurrencia de su hija Katiuska, en sus primeros años
como albergados, una mañana cualquiera de agosto en la que no habían
salido a la calle pues afuera batía un temporal:
-mamá,
hoy quisiera levantarme y prepararles un desayuno especial, pero no
me refiero a un vaso de yogur de soja y un pan duro, sino a uno de
esos suntuosos desayunos que he visto por la tele en los que hay de
todo, de esos en los que puedes elegir si tomar jugo, leche o batido.
Uno que tenga tostadas y mantequilla, jamón, huevos revueltos y
sobre todo variedad de frutas para la abuela y su presión arterial.
Colocaría una flor al lado de cada plato para que nos alegre el día
con su color y su aroma. En lugar de vasos plásticos pondría copas
y el mantel sería blanco, pero blanco de verdad sin ninguna mancha y
sin hormigas pegadas del día anterior. Para ambientar pretendo poner
una de esas canciones que, como dice mi amiga Odalis, te hacen pensar
y encontrar por qué que tanto necesitas. Con ese desayuno estoy
convencida de que todos tendríamos el mejor día posible.
-¿Dios
mío, desde cuando no puedo proveer a mis niñas de un desayuno
decente?- mascullo entre dientes Vilma Eva.
Una
vez más consulta su viejo reloj despertador, esta apurada pues debe
ir luego de terminar su turno de la noche hacia su otro trabajo, no
nota que apenas hace reparo en su propia existencia, se ha convertido
en una maquinaria de producción continua.
Así
en una caminata presurosa de pocos minutos recorre el espacio que
separa su posta de guardia del inmenso local del tarjetero del
hospital, marca su salida como Agente de seguridad y protección,
para luego marcar su entrada como Auxiliar de limpieza en los grandes
pabellones del propio hospital. Algunos doctores hacen mofa de ella
llamándole la mujer de las dos A.
Hoy
le ha tocado hacer la limpieza en el pabellón de máxima seguridad,
al entrar por la enfermería da los buenos días y como siempre no
recibe respuesta alguna, al parecer para el cuerpo de enfermeras una
simple limpia pisos no merece atención alguna, mucho menos que se
inmuten mientras ven en el televisor su programa favorito, entre
risas, comentarios y el aroma de perfumes baratos no hay cabida para
su persona, en medio del pabellón otra chica, de esas enfermeras
nuevas, vapulea a un paciente que alelado se asomaba tratando de
percibir las imágenes en la TV, lo empuja clavando en su ya
maltratada piel las finas uñas de acrílico, ultimo capricho de la
moda isleña, sin contemplaciones ante los gritos del adolorido
paciente.
Mientras,
se dirige al cuarto de servicios, alli se mezclan el aroma del
perfume barato que sale de la enfermería con un hedor repugnante a
orina, a sudores y humedades. Vilma Eva va colocándose su atuendo,
sus guantes de látex casi vencidos de tanto uso, las viejas
chancletas para no maltratar más sus zapatos de la guardia mientras
mira al cielo como rezando pidiendo fuerzas para seguir adelante,
piensa en sus niñas y en lo que representa para ellas esta segunda
entrada de dinero, pero sobre todo desea tener fuerzas ante tanta
miseria humana, ante tanta insensibilidad por parte del personal
médico, por parte de estos que, del lado de acá, se suponen sean
los que están cuerdos.
Ahora
recuerda que se le está agotando la ridícula cuota de detergente
que le entregan semanalmente, jamás le han entregado un par de botas
impermeables o unos buenos guantes de hule, ni siquiera una escoba
nueva, la Administración del hospital alega que estos recursos están
en falta en todo en Ministerio de Salud Pública, mientras ella misma
ha visto a Braulio el Administrador, cargando en las ambulancias del
hospital las cajas de detergente y de colchas de trapear el piso, a
ella si no hay quien le haga ese cuento, ella misma ha estado en la
posta trasera por donde sale todo ese contrabando, la leche en polvo,
las sabanas y hasta los colchones de espuma de goma nuevos que
supuestamente se destinan a los pacientes psiquiátricos, ¿a dónde
se van ir a quejar estos pobres infelices, quien les iba a creer, si
al final están todos locos?
Termina
de limpiar el área administrativa y ahora se dispone a entrar a los
salones y a las celdas donde se hallan los enfermos que necesitan
reclusión.
-me
imaginaba estas celdas de máxima seguridad algo más, seguras
digamos, de paredes acolchadas y todo eso que uno ve en las
películas, que lejos está todo eso de la dura realidad, acá en
Mazorra estos cubículos no son más que celdas con piso y paredes de
cemento, camas de hierro que penden de cadenas empotradas a la pared,
y eso sí, gruesos barrotes de acero que apenas dejan pasar la luz
del día, esto se asemeja más a una mazmorra medieval que al tan
cacareado “Moderno Hospital Referencia de la Psiquiatría Cubana”-
Por
suerte este mes han sido pocos los pacientes recluidos aquí, pero
aun así las celdas ocupadas constituyen todo un reto hasta para los
caracteres más fuertes. Los pisos siempre cubiertos de heces
fecales, orina y hasta vómito, también lo están en ocasiones las
paredes y los barrotes
-¡hasta
en el techo he visto heces, y no me preguntes como ha conseguido la
mierda para llegar hasta allá arriba, pregúntame mejor como he
hecho yo para limpiarla! -
Vilma
Eva supone que esto constituya algo así como un mecanismo de
defensa, una herramienta para protestar ante tanta indiferencia y
maltrato, no tanto físico, como si emocional, pues aunque estas
personas estén enfermas de su mente y hayan perdido la capacidad de
raciocinio, siguen siendo seres humanos que sienten y padecen, que
necesitan sentir al menos un poco de calor humano.
Lo
peor de todo esto es que esta penosa situación es que no está
restringida solo a las celdas, lo mismo ocurre con los pacientes del
pabellón principal de la sala, donde una reja les separa de los
baños. Vilma Eva lo sabe muy bien, se ha encontrado aislada muchas
veces del otro lado de esa reja cuando entra a limpiar y como no hay
personal suficiente para controlarlos fuera del pabellón, tiene que
realizar su trabajo con los pacientes adentro.
-¡la
perspectiva de este lado es escalofriante, sentirse ignorado y tener
que realizar sus necesidades fisiológicas a la vista de otros, es a
mi parecer, una de las peores humillaciones que puede sufrir un ser
humano!-
Recuerda
incluso como una vez, un paciente que llevaba horas lamentándose de
sed, a pesar de que la entrada se encuentra justo en frente de la
enfermería, al verla entrar con la frazada y el cubo de limpiar le
pidió que al menos lo dejara coger un poquito de agua del propio
cubo,
-señora
no importaba sea el cubo de limpiar, de todas formas yo ya estoy
jodido-
sucede
pues, que las enfermeras no le permitían acceder al comedor hasta la
hora del almuerzo. Por fortuna ella salió de aquel mal rato gracias
a su previsora costumbre de llevar con ella siempre un pequeño pomo
con agua, se lo regalo al enfermo, que en inesperado gesto de
agradecimiento puso entre sus manos una caja de fósforo y en su
interior unos pétalos de alguna flor silvestre. Vilma Eva piensa que
es por eso que se defecan y por lo que siempre tienen sed. Aquel
gesto la conmovió profundamente, más si se trata de un ser que,
supuestamente, es peligroso y que esta fuera de sus cabales, alguien
que perdió hasta su nombre hasta convertirse para el resto de la
sociedad en un pobre loco.
-y
así sucede todos los días, independientemente del turno que este de
guardia, los infelices son totalmente ignorados, ese candado en la
reja representa más que un simple encierro para el cuerpo, lo es
también para el alma-
-Dígame usted donde están entonces los verdaderos cuerdos, ¿son acaso esos, los que les ignoran y humillan?, he visto acá cosas horribles, algunas tan vergonzosas que se las reservo para mi, la manera en que los ancianos o la mujer paciente es humillada, hasta trato de no recordarlas mas-
Es
la hora del almuerzo y camina por el parque bajo la sombra de esos
frondosos árboles que se hallan por toda la institución. Se sienta
en el banco más alejado de la circulación, saca de la java de
nailon un pequeño pote plástico, lo destapa dejando ver dos huevos
cocidos aderezados con ajo y aceite, sobre un promontorio de arroz
blanco destacaban además los tallos verdosos de unas habichuelas.
Aun se pregunta cómo ha hecho para estirar los víveres y llegar
hasta fin de mes, distribuyendo entre la casa y sus comidas en el
hospital. Se dispone a degustar su almuerzo cuando hasta sus oídos
llega el lamento de una suplica
-me
da un pedazo, solo un pedazo señorita, ande, deme un pedazo que no
alcance al almuerzo en la sala y con este frio tengo un hambre-
El
enfermo mantiene sus huesudas manos extendidas, el pijama, aunque
limpio, se encuentra muy desgastado por el uso y esto aumenta la
sensación de desamparo que aborda a Vilma Eva, un nudo se le hace en
su garganta, ¡ella conoce muy bien la mordida terrible del hambre!
Brotan
sus lágrimas mientras coloca en las manos del paciente el pote con
su almuerzo con el amor y la ternura que la distinguen, este al tibio
contacto con el recipiente le agradece con la mirada mientras con sus
propias manos y prescindiendo de la cuchara lleva a la boca aquel
manjar, este vuelve a sonreír con los labios marchitos de fumar
cabos de cigarro recogidos del suelo, de este mismo parque ahora
testigo de un bálsamo para su alma, la embarga una extraña
satisfacción al aliviar la desesperación de aquel pobre infeliz,
aun así duda que algún día pueda olvidar este episodio que pone de
manifiesto cuanto de miseria y desesperación existe entre estos
pacientes que cual almas en pena recorren los fríos y vetustos
pasillos de este Hospital a las afueras de La Habana.
Reflexiona
y se pregunta cómo nuestra sociedad se ha transformado tanto, como
ha llegado a convertirse en una masa informe, carente ya de respeto y
buenas voluntades hacia el prójimo y en muchas ocasiones, de la
capacidad de dilucidar la verdad de las cosas ocultas tras esa
inmensa pared humana, la hipocresía y la insensibilidad, en esta,
nuestra Habana Desnuda.
De regreso al hogar!
En
medio de la habitación danza hambrienta la débil llama de una vela
dejando entre ver las siluetas de los pocos muebles que les quedaron
tras el derrumbe. La anciana duerme desde hace horas, Vilma Eva
desvelada les aguardaba angustiada, la calle esta mala y es dura con
los incautos que no conocen las reglas del juego, aunque ella no
conoce la verdadera profesión de sus niñas, sospecha que no andan
en muy buenos pasos, cuando tienes un trabajo de verdad, no regresas
cada noche con un regalo distinto, un salario no alcanza para
alimentarse, menos para saciar caprichos de adolescente.
Las
escucha regresar al albergue, sus tacones altos van rompiendo el
silencio de la madrugada, recorren el largo tramo que separa el
pórtico de la entrada hasta su apartamento, transitar el mugriento
pasillo a esas horas de la noche implica salpicarse las piernas de
orine y algo más, no comprende cómo las autoridades se empeñan en
llamarle apartamentos en usufructo gratuito cuando en realidad
aquello se asemeja más a un muladar ingles de finales de siglo 19
que a una construcción para la asistencia social producto de las
políticas revolucionarias del siglo 21 cubano.
Se
deslizan los vestidos cortos y ceñidos, muy cortos como la esperanza
que impregna las paredes enmohecidas de este hogar formado a fuerza
de necesidades y quebrantos compartidos, en la cartera llevan un
regalo pagado con el sudor de sus favores allá por el legendario
muro del malecón. Se bañan por turnos con el agua provisoria mente
almacenada por la abuela en varias cubetas, no hay ducha, pero aunque
esta existiese seria en vano, el agua, cuando la ponen, no llega con
la suficiente presión, ha de ser recogida a la entrada del albergue
en el único grifo que está lo suficientemente bajo como para
utilizarlo.
La
abuela, esa anciana venerable que reposa en un camastro al fondo de
la única pieza que conforma el apartamento, dormita chancleta en
mano por si aparece alguna cucaracha oteando la madrugada, ellas no
lo saben, pero ahora sueña con su amado esposo, con sus ojos y
gestos reclamándole aquella tarde de dolorosa despedida, sueña y se
despierta en medio de la noche con un sudor frio que le cubre el
arrugado rostro, se levanta asustada como le ha venido sucediendo
cada noche desde aquella fatídica tarde del derrumbe en que despertó
toda enyesada en el hospital.
Vilma
Eva recorre los largos cabellos de sus gemelas con la punta de los
dedos, en su corazón de madre crece la angustia de verlas crecer en
una tierra donde el futuro se fue nadando luego de brincar el muro,
no sabe a ciencia cierta que hacen en las noches, pero el imaginarlo
es mucho peor que la mayor de las certezas. Mientras, su mirada choca
de lleno con la fotografía de su padre y a la luz de la vela se le
antoja cabronamente irónica, su rostro de barba poblada y uniforme
verde olivo, fusil en mano presto a defender las conquistas de la
revolución socialista, es curioso, pero ese momento congelado en el
tiempo oculta la realidad que siguió a aquellos días de ciega
militancia, para acabar en un oscuro foso del Castillo del Príncipe,
por intentar sacar a unos amigos del país condenados a fusilamiento
por el simple hecho de pensar diferente.
Luego
del encarcelamiento del comandante Huber Matos por la falsa acusación
de traición y el burdo montaje de desaparición de Camilo
Cienfuegos, la decepción fue ganando lugar en su corazón, de la
noche a la mañana comprendió el rumbo que tomaba el naciente
Gobierno Revolucionario, el engaño con que se secuestraba a toda una
Nación, la maldad con que se destruían las tradiciones y la
espiritualidad de un pueblo, la dolorosa separación de las familias.
El
arriesgado plan para rescatar a sus hermanos de lucha incorporaba la
disparatada idea de asaltar el castillo-prisión de El Príncipe, en
pleno Vedado Habanero, pero una sucia delación los llevo
irremediablemente al fracaso. Tras tres años de encierro, fueron
traslados a una prisión de las provincias orientales, práctica
generalizada para con los presos políticos, enviarlos a prisiones
inaccesibles en la intrincada geografía oriental para alejarlos de
su familia y hacerles más difícil las visitas, más terrible la
tortura por hacer frente al régimen, castigando de esta manera no
solo al recluso, sino también al familiar más allegado.
Con
lo que no contaba el régimen era que en un descuido de los guardias
ellos decidieran saltar del camión-jaula hacia el vacío, justamente
en el instante en que cruzaban sobre uno de los puentes del rio
Canimar, nunca imaginaron que la desesperación de estos hombres
fuera tal que se atrevieran a arriesgar sus vidas con tal de alcanzar
la libertad. La audacia fue premiada con el éxito de la evasión y a
los pocos días consiguieron llevarse una pequeña embarcación de
pesca y remontar así el rio Canasi, atravesando el estrecho de la
Florida. En tan solo 19 horas ponían pie en cayo Marquesa, para
luego reorientar rumbo y desembarcar en Key West.
Estuvo
casi 20 años tratando de comunicarse con su familiares, pero su
madre nunca quiso acercamiento alguno, para ella, comunista
consumada, la traición de Roberto iba más allá del lazo
matrimonial, jamás le perdono que abandonara su traje verde olivo
por las barras y las estrellas, cuan injusta fue, cuan equivocada
estaba María Libertad, cuan tarde comprendió quien fue
verdaderamente el que traiciono a todo un pueblo y embarco a media
región en guerras intestinas.
Mientras
piensa sus lágrimas caen al suelo conjuntamente con las alas de su
corazón, que distintas hubieran sido las cosas si su padre se
hubiera plegado al régimen siguiendo la corriente, como casi todo el
mundo hizo, y ella hubiese podido estudiar en la universidad, si él
no hubiese tenido que huir del país con esos buenos amigos en una
lancha, o aun mejor, si su madre, que se mantuvo ridículamente firme
a sus convicciones revolucionarias, lo hubiese dejado todo, como lo
hizo la familia de su amiga y compañera de estudios Elisabeth, que
logró vencer el miedo a la chusma de los mítines de repudio para
irse junto al hombre de su vida en vez de quedarse vistiendo el traje
de miliciana recitando las consignas de la Espín.
-Al
menos hubiera tenido un padre- balbuceo entre lágrimas.
Repentinamente alguien rompe el silencio del amanecer con un grito de guerra:
-¡sacaron
papas en la plaza de la esquina!
Allá
va Vilma Eva, se levanta presurosa despejando las ultimas brumas de
ensueño con la fría agua de la palangana esmaltada, esa donde le
bañaba su madre cuando era pequeña y que por azares de la vida
sobrevivió el derrumbe junto a la foto del padre sabrá Dios porque
sortilegio, se lava la boca frotando el cepillo de dientes contra el
jabón de baño, no queda pasta dental, este mes le quitaron la java
de estímulo de su centro de trabajo por las repetidas ausencias al
llevar a su madre al ortopédico en la lucha sin cuartel por la
asignación de un sillón de ruedas que jamás llego, claro, la
“culpa” es de los sospechosos habituales, Los
yanquis, el bloqueo y las limitaciones que este impone al país.
Se
queda extrañada observando la imagen que le devuelve el pequeño
espejo, roto como sus recuerdos y aquella promesa de amor eterno,
roto como ese camino luminoso que imagino cuando era chica y aun no
alcanzaba a la altura de la mayoría de los espejos de la casa,
cuando ni por asomo se le ocurrió que a los 44 años tendría que
hacer guardias extras en unos almacenes para poder comprarle a su
madre la bolsa de leche que necesita pues sufre de ulcera, los
zapatos para la escuela de las gemelas y los tantos gustos que no ha
podido darse, y agradece que al menos cuenten con la amistad de la
buena Odalis y la ayuda de Olga, la abuela.
Es
un día más para estas cuatro mujeres, cuatro trapecistas que luchan
en la cuerda floja de la subsistencia cubana, a sabiendas de que no
pueden caer, de que la función de circo ha de continuar.
Hoy
acompaña nuevamente a su madre al hospital, teme que la empujen al
abordar el bus, si es que este pasa, o que se desmalle por el calor
insoportable que por estos días asola nuestra tierra, si, es cosa de
valientes o de locos lo del autobús en Cuba, la línea que los
separa no es siempre percibida, es interesante la fauna acompañante
que podemos encontrar dentro de estos monstruos rodantes, y ese
quítate tú para ponerme yo, le pone la tapa al pomo.
De
regreso, la noticia! Para otra familia en diferente situación esto
podría ser una bendición. Para ellas un problema mayúsculo.
¡Katiuska, la mayor de las gemelas, está embarazada!
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