Erase una vez, cuando el cubano comía en Familia
Si de familia y de relaciones interpersonales se trata, detengámonos un momento a pensar, ¿cuántos de nosotros aun se sientan a la mesa día a día junto a la familia a la hora del desayuno, el almuerzo o de la cena, cuanta importancia le damos a este apacible acontecimiento, a esta entrañable tradición que hoy solemos olvidar?
Hace unos 40 años, antes del surgimiento de la informatización, el internet y las redes sociales, antes de la globalización, los matrimonios de dos sueldos y la producción independiente, existía una feliz rutina cotidiana que se llamaba comida en familia, la cual reunía a padres e hijos alrededor de la mesa, no solo para consumir los alimentos, sino que servía además para compartir las experiencias vividas, contar como habían pasado el día, escuchar sobre las dudas o preocupaciones y juntos hallarles solución, en fin, fortalecer y estrechar el vinculo familiar.
Quizás sea la vorágine de la vida diaria, esa modernidad acelerada que hoy todo lo carcome y precipita, la responsable tal vez del no disponer de apenas una hora diaria de mutua confianza compartida, de un momento propicio para conectar con nuestras tradiciones culturales y religiosas, observando esos pequeños detalles que conforman lo hermoso de tener cerca a esos seres que son en definitiva la razón de nuestro existir.
Muchos consideran que el fenómeno comenzó a agravarse con la invención de las becas y las escuelas al campo, con la aplicación de aquellos planes quinquenales, la zafra y los trabajos voluntarios muy ligados por aquel entonces al concepto de horario de consagración, sin dejar de mencionar las movilizaciones y cursillos militares que, por demás, troncharon sabrá Dios cuantos matrimonios y socavaron la unidad familiar, así como la autoridad de los padres sobre los hijos. Hoy a esto podríamos agregar la existencia, en aumento, de horarios alternativos en el sector privado, de padres con turnos nocturnos de trabajo o que para laborar deben viajar grandes distancias dependiendo de una infraestructura de transporte público poco más que ineficiente, madres que trabajan también fuera de casa, sin contar las actividades extra laborales que muchos debemos realizar para lograr al menos subsistir medianamente. Situaciones todas que nos substraen ese tiempo necesario para estar cerca de los nuestros, principalmente de los niños y los adolescentes que se hallan en una etapa tan crítica en la formación de la personalidad.
Claro que la comida en familia va más allá de resultar ser una consulta de psicoanálisis o de prevención de conductas impropias, y si logran esto y mucho más, es porque antes han cumplido una misión fundamental, la de permitir la adecuada y regular comunicación entre todos los miembros de la familia, esa intimidad natural sobre la cual se construye toda la estructura familiar y que constituye el verdadero pilar de toda sociedad. Esto es algo tan natural como la humanidad misma y lo llevamos en nuestros genes desde que el mundo es mundo, ese vinculo indestructible que nos permite realizar aquello que nos identifica como familia, que es cuidar los unos de los otros, compartir tristezas y alegrías, recorrer juntos el camino de la vida por duro o luminoso que este se presente.
Para muchos este momento del día constituye todo un oasis donde hallar refugio luego de dejar tras la puerta de casa ese agitado mundo donde desarrollamos nuestra existencia cotidiana. Pero, dejando a un lado por un momento el factor sentimental, echemos un vistazo a algunos datos proporcionados por estudios científicos que, a nivel mundial, arrojan luz sobre este fenómeno, cuya incidencia que en realidad no se reduce tan solo a nuestro país.
Por ejemplo la periodista norteamericana Miriam Weinster mediante el seguimiento a un estudio que se viene realizando desde el año 1996 por el Centro Nacional sobre Adicciones y Drogas adjunto a la Universidad de Columbia, constato el asombroso poder de la comida en familia, sobre todo en el sector juvenil, previniendo de esta manera las conductas destructivas por adicciones e incluso, la baja incidencia de embarazos prematuros o la deserción escolar entre los adolescentes, quienes además presentaron menores problemas de ansiedad y manifestaciones de violencia, así como mejores resultados académicos que aquellos adolescentes pertenecientes a grupos encuestados en los cuales no eran frecuentes las comidas en familia.
A resultados similares llegaron investigadores de la Universidad de Minnesota donde, luego de entrevistar a mas de 4700 jóvenes, las investigaciones arrojaron que, más allá del mito y la tradición, comer en familia contribuye además a prevenir la depresión y el suicidio, mejora considerablemente la relación padre – hijo fomentando el tan necesario clima de confianza, herramienta que luego, de una manera discreta y con mucho tacto, nos permite explorar como padres el mundo del adolescente desde su perspectiva, sensibilizándonos con sus problemáticas y aspiraciones, o acercarnos al tan preocupante tema de con quienes se junta nuestro hijo en una etapa tan delicada y donde la aceptación e integración al grupo le es tan importante al joven. Sin duda este espacio, bien aprovechado, proporciona a los padres la ocasión de atender el estado emocional de sus chicos.
Algo curioso además se observo, y es que nuestros más significativos recuerdos de la infancia y la adolescencia, no son los grandes acontecimientos, como los eventos deportivos o viajes a sitios recreativos, sino aquellos sencillos momentos de interrelación y cariño mutuos, de intercambio de criterios, el simple hecho de pasar tiempo juntos en la intimidad del hogar, ya que las comidas familiares son por demás ocasiones naturales para asimilar las historias y valores familiares y concientizar luego, la necesidad de su aplicación en la vida cotidiana y para con la sociedad, recordando siempre que, es precisamente para la vida en sociedad que educamos a nuestros hijos.
Estos estudios están basados naturalmente, y esto lo señalamos, en esa comida familiar que no es en modo alguno interrumpida por alguna de esas maravillas tecnológicas que, después del siglo de las luces lets, han devenido en herramientas imprescindibles para desarrollar nuestra existencia, objetos trocados ya en apéndices orgánicos como el teléfono celular o los ordenadores portátiles, ni saboteada por algún programa televisivo, o apresurados porque alguien se debe marchar a una cita amorosa.
Esa relación diaria posee como valor agregado el forjar en los niños el hábito de las buenas costumbres, la cultura alimentaria y el amor por la familia. Fomenta así mismo habilidades cognitivas, ya que al desarrollar una conversación fluida y pausada, el menor adquirirá de esta manera una buena parte de su vocabulario. Brindando la oportunidad, siempre que a la mesa se traten temas agradables y consecuentes con la edad de los que a esta estén sentados, de adquirir experiencias que enriquecerán su acerbo vivencial.
Muchas familias incluso aun hoy bendicen la mesa y los alimentos que se han logrado llevar a esta, tras toda una épica contienda. El caso es que otro fenómeno que nos afecta hoy, es que los padres en su mayoría carecen de los recursos para preparar adecuadamente a sus hijos para el correcto comportamiento ante la mesa, muchos adolecemos de esa cultura de los buenas maneras que se deben observar, pues solamente piensen, sinceramente en cuantos hogares cubanos se ha suprimido un mueble tan antiguo y arraigado en nuestra impronta cultural como la mesa, ya sea por falta de espacio o cualquier otra criatura de nuestro breviario de calamidades y carencias cotidianas.
La realidad es que no podemos quedarnos de brazos cruzados, debemos dar la debida importancia a los pequeños detalles que dé a veces se suman para restar cohesión y amenazar la estabilidad familiar, convirtiendo a sus miembros prácticamente en unos extraños que, aun viviendo bajo el mismo techo solo coincidan en las mañanas a la hora de hacer fila para esperar a usar el único baño de la casa.
No se trata de una fórmula mágica, de hecho no creo que exista un modelo de convivencia perfecto, pero con un poco de buena voluntad, respeto y dedicación podemos devolver a la casa la tan necesaria armonía, ya que el valor de la familia está condicionado por su unidad. Es tiempo ya de llamarnos a reflexionar asi que no pospoga mas la el encuentro, ni espere a disponer del mejor de los manjares, y esta tarde cuando llegue a casa, sirva la mesa y comparta lo que tenga con los suyos.
Rescate usted entonces esa bella tradición de nuestros mayores, que en cuentas definitivas no suma costo a nuestros bolsillos y si mucho de gusto a nuestro corazón.
Por Steve Maikel Pardo Valdés.

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